Abuso sexual de los niños: aprender a escuchar

por Eva Giberti

La maestra escuchaba a su alumna de primer grado, y apenas se atrevía a preguntar. Lo que la niña describía era horrible, costaba creerlo; sin embargo, allí estaba la pequeña escolar, aportando detalles que, aparentemente, sólo podía conocer por haber atravesado por las experiencias que relataba.
 
La señorita recordó la multitud de artículos y libros que había leído acerca de ese tema, pero nunca se había encontrado delante de una víctima de siete años. También recordó que había asistido a cursos en los que algunos profesionales de la psicología desmentían las afirmaciones de los chicos argumentando que se trataba de fantasías que niños y niñas inventan.

Ahora le correspondía a ella hacerse cargo de su pequeña alumna: ¿llamaría a los padres para hablar con ellos? Dado que el padre era el responsable de la queja infantil, seguramente negaría los hechos. Mejor sería recurrir a algún servicio hospitalario. Pero ¿con qué motivo la dirigiría hacia esos equipos especializados?

Ésa no era, sin embargo, la duda mayor, sino: "Esta nena, ¿estará diciendo la verdad?" Una niña que transcurre varias horas delante del televisor digiriendo como puede algunas telenovelas, podría inventar escenas como las que su alumna describía aunque, en realidad, la niña aportaba otra clase detalles que no se ven en la pantalla chica... Claro, pero las nenas, actualmente, suelen hablar entre ellas ¡de cada cosa! Éstas eran las dudas que la maestra organizaba para sí, mientras miraba la carita pálida y tensa de esa nena que había comenzado a contarle algo inesperado.

Pacto de silencio
 
El tema apunta a una de las dificultades máximas que encontramos en el análisis del abuso sexual: el testimonio de las víctimas. La validez jurídica del mismo depende de la actuación de los forenses pero, antes de su intervención, otros adultos escuchan los relatos, en particular de las niñas que ocupan regularmente el lugar de la víctima.

El testimonio es una categoría que se pone en práctica para que la víctima traslade a un código verbal el recuerdo de los episodios vividos. Forma parte del género narrativo en el nivel de relato. Una vez producido el testimonio, la palabra que lo sostiene adquiere valor de acto, porque no se trata solamente de una narración, sino que arrastra una denuncia, la cual, a su vez, demanda una sanción. Suele ocurrir que la víctima hable con la esperanza de que su palabra limite las conductas del adulto que la agrede.
 
La niña a menudo posee un saber inconsciente -a veces un registro consciente- que su palabra constituye una acción importante: presiente que está rompiendo un pacto de silencio o una alianza impuesta por el adulto. Relatar lo que le ocurre es un modo de renunciar al silencio y comenzar a defenderse. Espontáneamente articula la dimensión narrativa de su relato con la estructura de una denuncia, es decir, al hablar unifica dos retóricas que por separado no tendrían la misma eficacia.

Pero -y éste el punto de inflexión- la validez del testimonio depende de quien lo escuche, o sea de un proceso intersubjetivo y, por lo tanto, de las transformaciones psíquicas personales que puedan producirse en quien recibe la información.
 
Por lo tanto juegan las resistencias personales de quien tiene a su cargo esa escucha, cuando prefiere no creer lo que oye, porque deberá poner en cuestión sus convicciones acerca de la familia y del patriarcado. Como resultado de ello, elige definir a la niña como mentirosa, histórica o mitómana; de este modo se consigue que infinidad de abusadores continúen con sus prácticas.

Otras veces ocurre lo contrario: quien escucha arriesga excitar su perfil voyeurista, espiador, y avanza preguntando detalles innecesarios, con lo que logra humillar a la criatura, al mismo tiempo que satisface su curiosidad sexual. Otra alternativa es la que aparece cuando quien escucha queda apresado por la angustia que le produce el relato, y al mismo tiempo teme quedar asociado como cómplice de lo escuchado. Las alternativas son múltiples y conducen a la verosimilitud del relato y por lo tanto a la validez del testimonio.

Lo verosímil depende del contexto, es decir, a quién se le cuenta lo sucedido, en qué lugar la víctima se atreve a relatar, en soledad o en presencia de otra persona. El contexto incluye aquellos detalles que, dentro del relato, pueden parecer secundarios, como podría ser la ropa del abusador, la temperatura (hacía mucho frío, por ejemplo). Ello conduce a la teoría del contexto que impone tener en cuenta si, formando parte de ese contexto, la niña incluye datos que informan acerca de abusos sobre alguna de sus hermanitas, o si repite algo que escuchó de lo sucedido a otra criatura.

Escuchar, en estas circunstancias, reclama la aplicación de una técnica, al mismo tiempo que obliga a excluir toda clase de prejuicios. Para ello es preciso aceptar que: (1) actualmente, los abusadores actúan en todas las áreas de la convivencia, (2) pertenecen a cualquier clase o grupo social, (3) mantienen amenazados a los chicos, (4) niegan lo que han hecho y acusan a la víctima. Por eso es clave adquirir el oficio de escuchar los relatos de los chicos; ellos crean fantasías, pero en materia de abuso sexual, los adultos son quienes usan a los chicos para poner en práctica las violencias que su placer sexual y su afán de poder necesitan.

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Eva Giberti es licenciada en Psicología por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Docente universitaria, tiene a su cargo la cátedra Sistema Familiar Violento en la UBA. Dirige la Maestría en Ciencias de la Familia de la Universidad Nacional de Gral. San Martín. Es autora, entre numerosos textos, del libro «Tiempos de mujer» (Editorial Sudamericana, 1990, 1994, 1998). Correo-e: egiberti@fibertel.com.ar - http://www.evagiberti.com

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