Trabajo con niños abusados en Argentina
 
Grupo "Desde el Pie"

En el contexto en el cual desempeñamos nuestra tarea, abundan factores tales como miseria, desocupación, hacinamiento, adicciones, explotación sexual, desaparición de adolescentes, falta de perspectivas y proyectos que agravan los riesgos de abuso, pero no son la causa del mismo.
 
Al decir de Juan Gelman, “a veces el dolor viene para quedarse, pero no hay que dejar que se adueñe de toda la casa”...
 
Existen formas de violencia legitimadas desde el imaginario social, que exigen un cuestionamiento de los roles tradicionales.

En el ejercicio de poder que persigue el sometimiento sobre un otro, se juega una cuestión de identidad: poder percibirse a sí mismo como fuerte y,  por ende, valioso.

El sentimiento de poder sobre un otro más débil, representa un goce que obtiene aquel que inicia a un niño en sensaciones (y por ende situaciones) ante las que no tiene la madurez física ni psíquica para afrontar y elegir vivir.
 
En este sentido, ayuda a aproximarnos a estas vivencias, recuperar el relato de Dora...[1]
...mi papá comenzó a abusar de mí cuando yo tenía 3 años. Somos 5 hermanas, y él se acostaba cada noche con una de nosotras.
...yo me iba a dormir con mucho miedo de que esa noche me tocara a mí, porque eso me hacía sentir muy mal...pero creía que todos los papás hacían eso...
...mi papá siempre nos trató de usted, y nosotras lo tratábamos  de usted a él.
...nos decía que no se lo contáramos a mamá, porque ella no iba a entender, y que iba a pensar que él nos quería más a nosotras que a ella.
...yo no sabía si esto pasaba en otras familias...y a los 12 años, charlando con una compañera, me dí cuenta que esto no era así...
...un día salí corriendo a denunciar a papá porque le estaba pegando terriblemente a mamá,
pero al llegar a la comisaría, denuncié lo que él nos hacía todas las noches...
 
La develación del abuso (develar no coincide siempre y necesariamente con la denuncia legal) nunca es un acto sin consecuencias. Romper un pacto de silencio produce una crisis en la vida del niño y en su grupo familiar, donde todos los involucrados requerirán de alguna forma de asistencia y/ o contención.
 
Margarita nos cuenta:
   “el marido de mi mamá, que yo creía que no era mi papá, se emborrachaba, golpeaba a mi mamá y me obligaba a tener sexo con él...
   Hacía lo mismo con mi hermana.
   Siempre me pregunté por que me lo hacía a mí. Qué había hecho yo...
   Desde los 9 años esto me pasaba muy seguido, por lo que me escapé de mi casa para refugiarme en lo de mi papá, que vivía en otra ciudad...
Pero hoy lo que más dolor me causa es que cuando se lo conté a mi mamá, ella no me creyó y además me dijo que ese hombre era mi verdadero padre.
   Me siento sucia, fea y no sé porqué me eligió a mí ...
   Hace poco me escribió mi mamá y me dijo que no sabe por qué estoy enojada con ella, y porqué digo esas cosas de él. Además me dice que aunque él no la quiera, ella quiere ser feliz ahora...que no insista con cosas que ya pasaron·”...
 
... “me siento muy mal porque mamá sigue sin creerme. Siento que estoy sola, aunque mi marido intente hacerme sentir lo contrario. Golpeo mucho a mis hijos... no puedo acariciarlos, rechazo el contacto con ellos. Necesito verlos siempre limpios, que se porten bien todo el tiempo”
 
“no los dejo dormir en calzoncillos aunque haga mucho calor”...
 
“..yo duermo vestida, con calza y remera...mi marido me dice que ya hace 9 años que estamos juntos y que ya puede verme desnuda, pero yo no lo dejo. Sólo acepto tener relaciones (aunque no siento nada) a oscuras y  bajo las sábanas”...
 

Un niño necesita sentirse seguro y confiado en que creerán en su palabra. Su entorno puede cerrarle esta posibilidad, mostrándole que nada de la realidad puede cambiar.
 
Dora recuerda:
“...mamá nos hacía callar cuando llegaba papá”
... “los chicos no se meten en conversaciones de los grandes”
...”nosotras, mientras mamá se iba a trabajar, teníamos que hacer todas las cosas de la casa y cuidar de las más chiquitas, porque al llegar mamá,  nos pegaba si no lo habíamos hecho, sobre todo, porque tenía que estar ordenado y  limpio  cuando llegaba papá, para que no se enoje”
...los domingos, en la iglesia, nos enseñaban que hay que respetar a las autoridades, que en casa el jefe era papá y era la autoridad, y que él sabía lo que debía hacer y nosotras teníamos que obedecerle, porque así estaba escrito”...”papá, mamá y nosotras íbamos juntos a la iglesia y éramos ante ellos una buena familia”...
  

Las diferencias de poder trascienden el medio familiar.
Se observan también entre las diferentes disciplinas.
Por ejemplo, es a los médicos a los que se les adjudicará el mayor saber acerca del cuerpo y su funcionamiento.

Así, en el caso de una niña que acompañamos nos encontramos  frente a un médico que comete un grave error de omisión cuando desconoce las diversas formas en que puede manifestarse el dolor de un niño abusado, ya sea en su relato o en distintas disfunciones que pueden leerse como “indicadores” en su conjunto, por ejemplo: falta de control de esfínteres, trastornos en la alimentación o en el sueño, problemas de conducta, contraer enfermedades con excesiva frecuencia, etc.

De todos modos, no basta con estar capacitado, aquí debemos cuestionar profundamente la actitud reiterativa de no consignar muchos de estos indicadores en las historias clínicas de los pacientes.
   
Aquí compartiremos el caso de María:
   María tiene 4 años.
   El abuso sexual no es un tema nuevo en su familia.
   Hace 2 años su hermano mayor le relató a una de las integrantes de nuestro equipo que su padre lo violó. Con 6 años, el niño sabe de médicos, médicos forenses, jueces, psicólogos...entre los cuales uno de ellos puso en duda ante el niño, la veracidad de su relato, preguntando en voz alta:
-         “este chico, ¿no será mentiroso?”
Este niño tenía marcas visibles del abuso, pero en ningún papel constaron esas marcas.

La causa, “sin pruebas”, quedó archivada en algún cajón de un Juzgado de Instrucción.

María no tuvo mejor suerte que su hermano. Su tío, de 22 años, abusó de ella.

En la guardia de un hospital rosarino, durante una larga charla entre el médico, la mamá, la niña y una integrante de nuestro equipo, María, con sus 4 años, relató minuciosamente lo sucedido.

Al revisarla, el médico no encontró lesiones físicas, aunque reconoció que el abuso puede ser progresivo y sin signos en el cuerpo. Este médico, capacitado en la problemática, sin embargo, no consignó las palabras de la niña en el informe.

Esto no sólo ocurre con los médicos, sino también nos encontramos con estos obstáculos en el Poder Judicial, cuando en las defensorías o Juzgados de turno se entrevista a las partes, sin que conste por escrito todo lo expresado en esas oportunidades, solicitando reiteradamente las mismas declaraciones, delante de los mismos u otros funcionarios.
 
Siendo los adultos quienes asignamos valor a los dichos de los niños, entonces, nos preguntamos: ¿qué valor le otorgamos a las palabras de un niño?...¿por qué creemos más en los dichos de los adultos?...
 
Otro caso que nos permite reflexionar sobre este tema es el de Juan:

Juan, de 8 años,  llega al taller muy alterado, una hora más tarde. Se quedó con el papá en la casa hasta ese momento.

Juan rompe el silencio en un juego. Se acerca a una de las coordinadoras del taller, con un teléfono de juguete, mientras intenta dar forma a un rompecabezas. El teléfono de Juan no deja de sonar estridentemente. Lo interrumpe, no lo deja concentrarse en ninguna actividad. ..él levanta una y otra vez el tubo y repite:  “hijo de puta, dejame tranquilo”... “hijo de puta!!!”...

La coordinadora le pide el teléfono, al tiempo que dice: “usted sabe, señor, que hay cosas que lastiman a los chicos, que ni un papá ni nadie les puede hacer”...

Juan le arranca el tubo de las manos y, desesperado, exclama: “no le digas que te dije”...

Juan, sus hermanos y su mamá hablan de los golpes del padre, del retaceo de comida o de dinero, de insultos, etc.

Sabemos, no sólo por este indicador que aparece en el juego, que es de otra cosa de la que no se puede hablar.

Este caso fue presentado en tribunales, y desde allí se le exigió a al padre que asista a una institución por su alcoholismo, a la madre que se ocupe de algunos exámenes médicos de los niños, etc., pero frente al abuso sexual no se arbitraron medidas proteccionales, ya que no constataron lesiones a nivel de los genitales.
 
¿Cuál es el precio que se paga por sostener el silencio?

Juan tiene profundas perturbaciones en su desarrollo psíquico y en sus posibilidades de aprendizaje, se masturba compulsiva y angustiosamente. 

Su hermana de 10 años, no controla esfínteres, tiene quemada la piel en la zona de la entrepiernas
como consecuencia de la enuresis. Cuenta que duerme en la misma cama con su mamá, así como Juan duerme en otra habitación, en la misma cama con su papá.
 
En el mismo taller, otros niños dialogan sobre el maltrato que sufre Juan. Horacio, de 11 años, dice: “no se va a poder hacer nada, nadie lo va a poder ayudar”.

Horacio tiene razones para sostener su pesimismo. El ha permanecido atado a una cama durante 15 días, a pan y agua, “para que aprenda”, según su padrastro.

Ese hecho para muchos ha quedado en el pasado. Hoy, Horacio es un niño que permanentemente es castigado por sus problemas de conducta, por sus huidas a la calle y por hurtos. Horacio a veces se encierra a sí mismo en los armarios. El asiste regularmente a los talleres. Su madre, no.
 
El abogado que asesoraba a la madre del niño preguntó, después de varios intentos de exclusión del hogar del padrastro: “...está Horacio en condiciones de volver a vivir con su padrastro?”, ubicando el foco del conflicto en el niño. (Entendemos esta situación como un ejemplo del proceso de revictimización).
 
Pese a todo lo antes expuesto, las mujeres y los niños trabajan duramente para poder pensar en términos de los propios derechos.
 
Los niños mencionan en un taller, por ejemplo, “derecho a tener una familia, derecho a no quedarte afuera de la escuela, derecho a que no nos peguen, derecho a que nos hablen bien, derecho a jugar, derecho a una vida mejor...”

También uno de los niños señaló: “derecho a morir joven”...
 
...Se trata de Marcos, de 12 años. Hay una parte de su realidad que le cuenta una historia de miseria, golpes y un papá que fue asesinado hace 3 años.
 
Nosotras intentamos cada día que salgan a la luz otras partes de su realidad: él, su mamá y sus hermanos, están vivos. A Marcos le gusta jugar a la pelota, va a la escuela, viene a nuestro taller, y hace unos días se animó a decir que también sueña con “tocar una computadora”.
 
Quizás algo podamos cambiar. Allí donde parece que ya no puede hacerse nada, permitamos que la posibilidad de cambio nos conmueva.

Si bien en nuestra experiencia y estadísticamente aparecen prioritariamente los varones como agresores, no podemos desconocer el peso impuesto por la sociedad sobre sus espaldas, privándolos de la posibilidad de reconocer y expresar su mundo emocional y cómo es que llegan a adoptar la violencia como modo natural de vincularse.
 
Podemos ser protagonistas del intento de construir espacios innovadores o convertirnos en presos, porque está preso todo aquel que vive con la certeza de que no hay salida.
               
                                                Grupo “Desde el pié”.
 


[1]  (Aclaramos que los nombres de los relatos que vamos a compartir son ficticios, no así las historias, las cuales son textuales, extraídas del trabajo en talleres de mujeres y talleres con niños).

“Desde el pié”es una O.N.G. de la ciudad de Rosario, Argentina, que aborda la problemática de la violencia familiar, el maltrato y el abuso sexual infantil en una villa de emergencia del Barrio “Ludueña Norte”.

Nuestro objetivo es generar espacios de reflexión – trabajo desde una perspectiva de género y de derechos humanos a fin de prevenir y asistir situaciones de violencia.

La modalidad de trabajo es: talleres de reflexión con mujeres (grupos de ayuda mutua); talleres con niños (espacio donde lo lúdico habilita la palabra); talleres de expresión artística, desde una perspectiva de “salud – arte”; atención psicológica a hombres y mujeres en espacios diferenciados; campañas de sensibilización y desnaturalización de la violencia; contención y acompañamiento en situaciones de riesgo; articulación del trabajo con los equipos de profesionales y organizaciones comunitarias de la zona y participación como integrantes de la red de O.N.G.- Rosario por la no-violencia.

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