La sociedad ante el abuso sexual infantil

Susana Méndez 

Es preciso identificar la forma de actuar de los

victimarios y reaccionar para proteger a los menores.

En las últimas semanas se ha instalado en los medios el tema del abuso sexual de menores. A pesar de ello, poco se transmite sobre el mismo. El abuso sexual de menores es una forma de maltrato que los adultos les infligen y que trae dramáticas consecuencias

Kempe, fundador de la Sociedad Internacional para la Prevención de los Niños Abusados y Maltratados, define al abuso sexual como "la implicación de un niño o de un adolescente menor a 18 años, en actividades sexuales ejercidas por adultos y que buscan principalmente la satisfacción de éstos, siendo los menores inmaduros y dependientes y, por lo tanto incapaces de comprender el sentido radical de estas actividades, ni por lo tanto de dar su consentimiento real. Estas actividades son inapropiadas a su edad y a su nivel de desarrollo psicosexual y son impuestas bajo presión, por violencia o seducción y, transgreden tabúes sociales en lo que concierne a los roles familiares". 

El abuso sexual por definición tiene que ver con el poder. La coerción y la asimetría de poder entre el adulto y el menor son factores fundamentales en el origen del abuso sexual. La asimetría está basada en la diferencia de edad y la vulnerabilidad, lo que produce una sumisión y dependencia del menor, lo cual impide a este último participar en un verdadero intercambio y decidir libremente. 

La sociedad y la cultura juegan un rol importante como facilitadoras de la emergencia del abuso sexual, tanto a nivel social como familiar. La cultura patriarcal interviene fundamentalmente en la instauración del abuso mediante el aprendizaje de la obediencia y la sumisión a la autoridad del hombre. Esta cultura, imperante en nuestras sociedades, considera firmemente el sometimiento de la mujer, los niños y las niñas al hombre. Este poder, que la cultura les atribuye a los hombres les otorga la facultad de apropiación de los otros. 

La cultura dominante atribuye a los hombres la fuerza, la autoridad, la protección y la competencia. Las concepciones patriarcales se traducen en el hecho de que la mayoría de los abusadores de niños están convencidos de sus derechos sobre los miembros de su familia y de la sociedad. La víctima, socializada en esta misma ideología, difícilmente puede rebelarse y/o denunciar al abusador. 

Los actos de abuso sexual a menores se pueden llevar a cabo extra o intrafamiliarmente. Así, se pueden categorizar: 

  • Abusos sexuales cometidos por desconocidos: cuando el agresor no pertenece al medio familiar y social de los menores. Estos abusos poseen como característica central que el abusador goza sometiendo a su víctima por el terror y la fuerza.
  • Abusos sexuales extrafamiliares pero el abusador pertenece al círculo social del menor: en estas circunstancias el abusador ocupa un lugar aventajado que le otorga un acercamiento facilitado al menor, dado que su rol le otorga poder y autoridad sobre los menores. Se puede encontrar este tipo de abusadores entre profesores, líderes comunitarios, sacerdotes, entrenadores deportivos. La característica del acercamiento de éstos, a diferencia de los que utilizan la fuerza y la violencia, es que emplean desde su posición conductas seductoras hacia sus víctimas mediante un clima de familiaridad, otorgándoles privilegios; engañosamente los conducen a las prácticas sexuales. En líneas generales los menores abusados pertenecen a familias con carencias afectivas serias que los hacen vulnerables, por lo que el tipo de clima creado por estos abusadores los convierte en presas fáciles.
  • Abusos sexuales encubiertos por actitudes altruistas: el abusador pertenece al entorno social que rodea al menor, pero lo que caracteriza sus actos es que el abusador atribuye sus acciones a una finalidad caritativa hacia el menor, satisfaciéndole sus necesidades esenciales, usurpando parte de la función de los padres y envolviendo a sus víctimas en una relación falsa que es presentada ante la sociedad como protectora y afectiva. El abusador se convierte en un personaje idealizado socialmente, agradable y con vocación de servicio, que ejerce una verdadera fascinación ante la vista de los demás.
  • Abuso intrafamiliar o incestuoso: se desarrolla en familias con múltiples problemáticas, como con una estructura rígida patriarcal en que el poder se ejerce despóticamente por el padre; familias en las cuales los roles son confusos; familias con escasa o nula relación con el entorno, en las que hay promiscuidad.

Los rasgos dolorosos 

En el 94% de los casos los abusadores son hombres, en relación al 6% de los casos en que son mujeres. Pertenecen a todas las clases sociales y pueden ser de cualquier religión, raza y nacionalidad. 

  • No alcanzan una madurez psicosocial y tienen dificultades en sus relaciones; no son autónomos ni capaces de establecer relaciones equilibradas con sus pares.
  • Mediante sus acciones disimulan sentimientos arraigados de odio, miedo y/o envidia hacia los que ejercen el poder, con quienes se identifican, coqueteando con ellos.
  • Poseen poco contacto con la realidad social, a la que utilizan para sus fines.
  • Son infantiles y presentan dificultades para lograr una vida amorosa adulta y la formación de una familia.
  • Tienen una representación perturbada de la masculinidad, caracterizada por rasgos de poder, fuerza y dominación.
  • Cambian la responsabilidad de sus acciones culpando a otros, redefiniendo la situación para que recaiga en el mundo que los rodea.
  • Poseen fantasías de éxito y degradan a otros para engrandecerse a sí mismo.
  • Usan mentiras para controlar la información disponible y por lo tanto controlar la situación.
  • Implementan tácticas combinadas para manipular a otros.
  • Mantienen su comportamiento abusivo separado del resto de su vida.

La actuación del abusador asigna a la víctima el rol de responder a sus exigencias. Para ello, le impone mantener el secreto, aísla a la víctima y la obliga a relegar sus necesidades y deseos, mediante seducciones y amenazas. 

Este proceso es ayudado porque el abusador, generalmente, se presenta ante los otros como un sujeto lleno de cualidades, a quien se lo respeta y engrandece. Ante esto ¿quién puede creerles a los abusados? 

La denuncia de este tipo de hechos por parte de las víctimas hace peligrar el orden institucional y familiar en el cual los menores están insertos. El riesgo que corren los denunciantes dependen de las intervenciones exteriores que se ven perturbadas ante tremenda revelación. 

Divulgar esta denuncia puede ser insoportable para los implicados y voces directas o indirectas intentan acallar a las víctimas para mantener una homeostasis familiar, institucional y social. 

El abuso de menores lleva a la incapacidad para desarrollarse plenamente. Es preciso, entonces, que la sociedad, a través de sus instituciones tome las medidas necesarias para combatirlo. Los menores tienen derecho a sentirse seguros y a desarrollarse en libertad en una comunidad de iguales. 

Fuente:

Tribuna Abierta, Diario Clarín (Argentina), 15-XI-2002

http://old.clarin.com/diario/2002/11/15/o-02505.htm 

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Susana Méndez es licenciada en Psicología, docente de la Universidad Nacional de Mar del Plata y de la Universidad del Museo Social Argentino, investigadora en el Equipo de Investigación sobre Democratización de las relaciones sociales, Escuela de Graduados de la Universidad Nacional de San Martín. Correo-e: sumendez@uolsinectis.com.ar

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